Vista sin público de la ala de exposiciones de la Fundación Canaria Mapfre Guanarteme en la que se mostraron las obras originales con las que se han ilustrado los 5 álbumes que componenen, de momento, la Colección AGUAVIVA.
jueves, 15 de abril de 2010
Vista general EXPO AGUAVIVA
Vista sin público de la ala de exposiciones de la Fundación Canaria Mapfre Guanarteme en la que se mostraron las obras originales con las que se han ilustrado los 5 álbumes que componenen, de momento, la Colección AGUAVIVA.
miércoles, 14 de abril de 2010
Visita de alumnos/as de E. Arte
viernes, 12 de marzo de 2010
Ventanas

Las cosas, si se hacen, hay que hacerlas bien.
Desmochó el Reserva tinto de Rioja, aspiró su aroma morado, exhaló el aire y lo vertió dentro de la copa de Borgoña.
Se le encabritó el olfato. El caldo resultó ser fuerte, con cuerpo, levemente afrutado con regusto a roble antiguo.
Elevó la copa hacia la ventana para degustar al trasluz el color del vino. Era un burdeos oscuro, que manchaba las paredes de la copa e iba dejando un reguero de color sangre, como si estuviera dibujando un tapiz de iniquidades.
«Una joya como esta se tiene que airear. »
Lo removió de nuevo.
Desde que no trabajaba, había retomado el gusto por las cosas bien hechas, por los placeres escanciados al ritmo de la monarquía, como si su piso de noventa metros fuera un salón cualquiera del palacio de La Granja.
Había preparado un ragut de pavo, regado con cava y una mousse de limón como postre.
Sonó el teléfono. « Lo siento, una reunión de última hora…No sabes lo que te pierdes…de lujo asiático…lo probaré por la noche… las cosas se degustan en su momento y la noche aún no llegó, y ya no estamos para recalentarnos…lo siento…»
Las viandas terminaron en una bandeja frente al televisor. « Qué le vamos a hacer.» Se relamió de gusto igual que si fuera una gata y se atusara los bigotes. «Tal vez se pueda corregir un punto de sal y añadirle una chispa de jengibre»…y la mouse, suave y delicada, fue resbalando por el paladar.
Terminó el banquete y se dirigió a la cocina para fregar. Miró distraída por la ventana.
Enfrente, en otra casa, una mujer estaba sentada sobre una silla como si estuviera esperando algo. Viste pantalones y camisa blanca, lleva el pelo suelto un poco ondulado. Vuelve a mirar a la mujer porque se parece… ¿a quién se le parece?
Siente un poco de vergüenza porque no está bien espiar a los vecinos, pero no puede apartar la mirada de la escena. Se abre la puerta de la casa. La mujer se levanta y se acerca. Alguien entra. Es un tipo trajeado. La abraza. Ahora le regala un beso. ¿Será el de Judas Iscariote? Parece que se inicia una discusión. Ella se acalora. El sujeto se dirige hacia una alacena. Abre uno de los cajones. Se acerca parsimonioso. Le rodea la cintura con su brazo.
Y en ese momento ella piensa que si el hombre le hubiera deslizado una puñalada en el costado, estaba segura de que ella también, igual que su vecina, habría sentido como la misma puñalada trapera, en el sentido más estricto del término, la habría atravesado por análogo lugar en el costado equivalente.
miércoles, 16 de diciembre de 2009
Feliz Navidad
YA ESTÁN AQUÍ SI NADIE LO REMEDIA
Ya llegó oficialmente la Navidad y a servidora se la trae bastante al pairo aunque reconozca que le debemos una a la crisis: han llegado de acuerdo con el calendario gregoriano, o sea, en Diciembre, como Dios manda. ¡Conque usted piensa que soy una snob, que no digo más que imbecilidades para parecer una listilla del tres al cuarto! Pues le diré que de eso nada monada y que no se meta conmigo que las guardo finas. ¡Reflexione por Dios!
—¿A cuántas comidas y cenas tendrá que asistir?
—Bueno, a unas cuantillas, pero eso sí, a gusto, que uno aprovecha para ver a la gente que quiere una vez al año.
—Por un casual ¿se ha fijado en lo que paga y en la birria de lo que le dan? ¿Cómo se siente después de haber ingerido esa insufrible mezcla de sofrito con turrón y de sopa con caviar falsificado? ¿Cómo se le queda el cuerpo y las entrañas?
—No insista querida señora, no me sea plasta, que a mí me gusta la Navidad.
—¿Y qué me dice de las compras? Horas y más horas delante de las cajas registradoras (¡bonita rima!). Pies alborotados y algunos sueños encontrados (y siguen las rimas). Y después escuchará chiquicientas veces aquello de: “No se preocupe que siempre se puede descambiar. Tiene cuatro meses, seis días y cinco horas para hacerlo”. Pero ni por esas. Y mientras usted se debate entre varias peguntas de alto contenido existencial: ¿Querrá una corbata o una suscripción al Playboy? (Piense: lo del Playboy lo tiene gratis en la playa de las Canteras) Y, entonces ¿qué le compro? Pues…unas cholas, unos pantalones cortos, y una gorrita de beisbol, para que se vaya preparando. También puede colar lo del Kamasutra con su DVD, y eso aunque ellos piensen que ya se las saben todas. ¡Ay qué me parto! Lo cierto es que nunca está de más recordarles que siempre hay lugar para aprender, y que hasta la UNESCO aconseja eso del estudio a lo largo de toda la vida, más que nada por desatascar las neuronas, y por lo que sea que haya que desatascar.
—¡Conque ya se me va animando! ¿Pues no dice usted que la Navidad se la trae al pairo?
—Me quedo desperrada y más triste que una loba esteparia, por no hablar de los kilillos de más.
—¡No se preocupe, mujer, que le sientan de maravilla!
—¡Ay!, ¿usted cree?
—¡Que sí, que sí, que todavía quedan muchos meses antes de la operación biquini!
—¿Entonces tocan mazapanes, pavos, Moët Chandon, subida a la torre Eiffel, paseo por el Sena, modelito, taconazo, hotelazo cinco estrellas, noche de loca pasión…?
—Tampoco hay que pasarse. Recuerde lo de las tradiciones, lo de que la vida se hace a retazos de felicidad. No olvide a su madre, a su abuela, a su tatarabuela.¿ Y qué hay de la mesa con las velitas, los paquete con los regalos, las horas y horas y horas y más horas delante del caldero? ¿Y de las tongas y tongas y tongas de platos, vasos, cubiertos? Por no hablar de los manteles manchados y requetemanchados. ¿Y la cara de felicidad de los suyos? ¿Quién se podría resistir?
— O sea, que este año tampoco toca.
—Tampoco.
—¿Ni siquiera lo de la última parte, lo de la noche de loca…?
—¡Qué pretensiones! ¿Cómo podría ser después de semejante abarruntamiento digestivo? ¡Ni que uno fuera Supermán!
—¿Me puedo saltar lo de las truchas?
—¡No se atreverá!
—¿Y si simplificamos las compras y regalamos Bonos del Tesoro, o stoks options, o un manojo de boletos para una rifa de un viaje para tres, o unos cuantos “vales” para las rebajas?
—¡Siga, siga, no se corte mujer, cárguese la Navidad, degrádela un poco más! No sólo tiene uno que aguantar el dichoso Papá Noel, los renos cornudos, el arbolillo de las narices, sino que encima hasta se atreve con las truchas. Pero en este punto, querida señora, le informo que ha tocado usted en duro. ¡Se me pone el mandil, me compra las obleas, hace la masa, las rellena y las fríe o las mete en el horno que con eso no vamos a discutir!
—¡Qué cruz señor! ¡Viva la Navidad!
Pd.: Mis besos y abrazos para todos y todas, feliz año 2010 y eso lo digo de corazón.
jueves, 8 de octubre de 2009
Radiografía
Vengo del médico. Acabo de realizar mi revisión anual. Me entregan las radiografías, y esto es lo que me encuentro: un fondo gris, cierta luz cenicienta sobre la destaca una caja torácica y un corazón roto superpuesto.
Como gracia no está mal, ha sido el radiólogo que es amigo mío: “Mira, para que te veas como te vemos los demás” —va y me dice el muy zopenco—. “¿Y tú como te verías si te hubiera ocurrido lo que a mí?” —le respondo, porque a este se la tengo jurada, va por la vida de sobrado, como por encima de los mortales—. Se ríe y me río con él. En el fondo nos queremos y hemos pasado algunos años cerca el uno del otro, compartiendo las pequeñas cosas que nos parecían importantes.
Ya he ido al abogado. Un experto según me recomiendan las amigas. Mis brotes verdes se han secado y creo que ya no sirve de nada esperar. Intenté un acercamiento. ¿Quién no lo habría hecho después de estos diez años de convivencia, dos hijos y una hipoteca? No hubo respuestas. Salvo por un simple: “Decidí marcharme, no me lo tomes a mal, no tengo nada en contra, me fui, me voy ya hablaremos luego…”, que se le podría haber dicho a la estanquera del barrio.
Lo cierto es que no creo que se me note mucho de cara a la galería. Les digo a todos que no tengo tiempo para deprimirme. Mi doctora me recomienda que contacte con mi “yo” interior, me pregunta que cómo me siento. Yo respondo que bien, que me lo suponía. Pero, claro, no es estoy por la labor de perder encima mi dignidad. Y, si no fuera por la maldita radiografía, nadie sospecharía qué es lo que me pasa por dentro.
Sospecho que me encuentro ante el mejor método de adelgazamiento. Los pantalones comienzan a colgarme del trasero y voy a tener que comprar otros. Sólo me asusta la noche, cuando los niños duermen y se hace el silencio. Entonces despiertan los fantasmas, se cuelan por la puerta, por la ventana, recorren zigzagueantes las paredes y por eso no puedo apagar la luz. Cuando apenas siento que me llega el sueño me apresuro a darle al interruptor de la lámpara que tengo sobre la mesilla. Y es en ese preciso momento cuando aparecen. Resbalan por mi cuerpo, percibo su aliento sobre mi cuello, se esparcen como sombras chinescas por las rugosidades de mis paredes, cantan muy quedos una canción triste, o me asustan porque parece como si se fueran a desplomar y a aplastarme contra el colchón. Resisto cuanto puedo, aguanto hasta el límite y me digo que no, que no puede ser, que otra noche en vela no es posible, que lo intente, que me concentre, que haga relajación, que respire que no me detenga, que lo llame a gritos, que le diga al sueño que me devore, que se quede junto a mí, que sea él quien me susurre hermosas palabras, que me cante una canción de cuna, que me arrulle con su mano.
Pero no, nunca viene, y entonces observo como mi mano, cansada e insegura prende de nuevo la luz y me despierto a sabiendas de que mañana estaré agotada, de que mi humor será insoportable, porque la sumas de las noches se ha ido haciendo larga, y el cansancio ya es como una informe torre de babel donde se confunden todas mis lenguas.
Y así transcurren mis días y mis noches. Los niños también se resienten, aunque siguen jugando y peleando como siempre. Les miro sus caritas y se me alegra la expresión porque parece como si ellos aún no conocieran la tristeza. En cualquier caso: ¿cómo la podrían conocer?
Esta noche hemos tenido nuestra habitual sesión de cuentos. Propusieron dos nuevas palabras: “parque” y “ratón” para iniciar el relato. Ahora también los dejo que participen y nos quedó esto:
“La señora Pérez acaba de tener un ratón. ¡Claro, si la señora Pérez ha tenido un ratón será porque ¿ella es?!... Una ratona —responden los niños—. ¿Y si el nuevo ratoncito tiene una mamá que se llama Pérez, cómo se llamará?…¡Ratoncito Pérez! —dicen los niños encantados con la ocurrencia”.
Entonces comenzamos a hablar del dichoso Ratoncito Pérez y su manía de recoger dientes y todas esas bobadas, como si no hubiera otra cosa mejor que hacer que dejar dinero bajo la almohada.
Y a mi se me fue olvidando que he tenido un día de perros, que la ropa se me amontona en la cesta de ropa para planchar, que las cuentas no me salen y que ya ni sé cómo voy a llegar a fin de mes.
Ahora los niños duermen. He abierto la ventana para observar las estrellas y darles la bienvenida a mis fantasmas favoritos, los que se me volverán a colar por la puerta y que me tendrán despierta hasta vaya usted a saber cuándo. Y, naturalmente, han venido todos en fila, a ocupar los asientos de este teatro que es mi dormitorio, para presenciar mi triste espectáculo al precio de nada. No sé cómo no se aburren. Entonces me dirijo a ellos, me inclino, les hago una reverencia y les digo: "Bienvenidos, comienza la función".
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

