domingo, 28 de junio de 2009

Nada es lo que parece

Hola a todos. A los que me aman y a los que me persiguen. A los que asusto y a los que enamoro. A los que me estudian y a los que me ignoran.
Soy un lobo peludo. Un lobo feroz. Un lobo terrible. Un lobo que espanta al ganado. Un lobo que se come a las ovejas, en resumen: un lobo lobo.
Vivo en un bosque encantado, lleno de laureles centenarios. Un bosque tenebroso, húmedo y sombrío, donde se escuchan voces perdidas y quejidos lastimeros.
En las noches de luna llena el bosque se tiñe de plata, y entonces resulta aún más frío, más lúgubre, más tétrico, en resumen: se trata de un bosque bosque, lo que se dice un bosque como tiene que ser un bosque.
Mi vida ha transcurrido plácida y feliz hasta que han irrumpido en las proximidades de mi territorio tres seres estrafalarios.
Se trata de una madre, una nieta y una abuela achacosa que acostumbra a decir que se encuentra muy enferma. Tres criaturas que puso el demonio [¿dónde?] para turbar la paz de la naturaleza.
La mentada niña, cuyo nombre desconozco, recorre el bosque cantando “tralará, tralari…”, como si en realidad se tratara de una criatura de verdad, como si fuera un ser con entendimiento.
Para que se hagan una idea de la clase de niña ante la que nos encontramos, les diré que los pájaros que habitan los árboles se cubren los oídos con las alitas nada más sentirla llegar. A veces viene canturreando en inglés y otras trae unos auriculares puestos.
O sea, en vez de escuchar la Gran Sinfonía de los Pájaros, Opus 27, obra del conocidísimo Wilfred Von Amadeus, se obstruye el intelecto con ¡vaya usted a saber que cantata del tres al cuarto!
Le importa un bledo atravesar el bosque por el camino largo (que es el bueno), que hacerlo por el camino corto (que es el malo y, además, es donde yo la espero).
Le he aullado con fuerza. He abierto mis fauces para que observe mi perfecta hilera de dientes blancos. Me he escondido entre el follaje para atacarla, dando tal alarido que habría hecho retroceder a las mismísimas tropas de Atila, rey de los Hunos. Me he disfrazado de “Cobrador del Frac”, pero ella ni siquiera se ha inmutado.
Bueno… algo sí que dijo:
—¡Yo no soy morosa, así que no me persigas, botarate!
Como mandan los cánones literarios, me he dirigido presuroso a casa de la abuelita, a exigir explicaciones ante el fracaso educativo que manifiesta la niñita, y que la pone al borde de una adaptación curricular muy, pero que muy significativa.
Pero la abuela resultó ser aun peor que la nieta.
Me recibió a sartenazos y por eso llevo la cabeza enrollada con una venda. Todo un carácter, ¡sí, señor! Deduzco, por tanto, que la cosa viene de familia.
Ayer, sin ir más lejos, observamos en lontananza (pido disculpas por el “palabro” grueso, pero es que en estos cuentos antiguos aparecen genuinas momias del léxico), bueno… decía que vimos a los Tres Cerditos. Atravesaban mi bosque al ritmo del “tralará, tralarí...” (por cierto, debe de ser la canción del verano en este bosque). Iban muy tranquilos, cargados con sus planos, dispuestos a construirse tres casitas.
La niña al verlos se atufó toda entera. Se remangó la camisa, puso los brazos en jarras y con voz clara y sonora les increpó:
—¿Se puede saber adónde piensan que van ustedes tres?
—Verás, niña, somos presa del destino. Vivimos dentro de un cuento y, como sabrás, somos constructores de casitas.
—Ya…ya… Constructores de casitas ¿Y los permisos, las autorizaciones, los planes parciales, los planes totales, los planes intermedios y lo que sea que seguramente no tendrán?
—Todo se está tramitando —indican los cerditos muy tranquilos y convencidos.
—¡Explíquense! —ruge la niñita con temible expresión.
—Como este bosque es tan bonito, sólo serán casitas de lujo, unas poquitas nada más. Después vendrá el campo de golf.
-¿El qué…?
-Desde luego, no tocaremos nada importante. Hasta los arbolitos quedarán muy bien en el paisaje.
-¿Y tú no vas a hacer nada mamarracho?
¡Me ha llamado mamarracho! ¡Se ha atrevido a decirme semejante cosa! ¡No lo puedo consentir! ¿No lo puedo consentir?... ¿Lo consiento o no lo consiento?... Porque si lo consiento creerá que puede hacer conmigo lo que quiera, pero si no lo consiento, en menos que canta un gallo, tendré una urbanización entera, pero si lo consiento… ¡Me acaba de arrear una bofetada!
— ¿Pero qué clase de fiera eres tú? ¿No ves que aún no tienen las casitas? ¡Aúlla como un lobo y espántalos de aquí!
Entonces aullé ¡Vaya si aullé! Mientras, con el rabillo del ojo, la observaba atentamente. Los tres Cerditos se fueron con su urbanización a otra parte. Ella se puso contenta, contentísima. Y así descubrí a otra niña. A una niña feliz.
Hoy, de madrugada, llegaron unos hombres. Traían galgos, morrales y escopetas. Venían a bordo de temibles vehículos todo terreno. Parecían peludos y sudorosos como yo.
—Daremos caza, al menos, a un par de lobos —comentaban tan contentos.
El ratón se lo dijo al gato. El gato a la mofeta. La mofeta al perro. El perro a la rana. La rana al sapo. El sapo al cuervo. El cuervo al canario. Y el canario me lo dijo a mí. Y yo… me puse a llorar como un bobo.
No sé muy bien cómo se enteró la niña, pero cuando lo hizo, montó en cólera.
—¡Batracios, truenos, relámpagos, tormentas y cenicientas! —bramó con gran estruendo y alboroto.
Como podrán observar, no sólo tiene muy mal genio, sino que es también muy mal hablada.
-¡¡¡ES QUE NO SE HAN ENTERADO DE QUE LOS LOBOS ESTÁN EN PELIGRO DE EXTINCIÓN!!! —y mientras lo decía mostraba una fina hilera de dientes casi tan blancos como los míos.
Entonces, con los ojos inyectados en sangre, blandió su teléfono móvil y marcó un número secreto.
El resto, ya es historia.
La paz y la tranquilidad han vuelto al bosque. Los pajarillos trinan. Las nubes se levantan. Bueno… pasan todas esas cosas propias de un espacio milenario. No obstante, y en previsión de nuevos males, nos hemos organizado discretamente.
En apariencia seguimos siendo naturaleza pero, en el fondo, late el corazón de todo un ecosistema (tal y como nos lo ha explicado la niña), preparado para dar la batalla hasta el último aliento.
Y, desde entonces, somos amigos. Y cuando digo “amigos”, quiero decir amigos de verdad, amigos hasta la eternidad.

1 comentario:

HannibalLéctor dijo...

¡Me encanta! Le has dado una vuelta de tuerca al clásico infantil. Batiendo mi mandíbula a carcajada limpia me has dejado.
Seguiré este blog con desesperada devoción.
Saludos